En el quinto día de los Ejercicios Espirituales de Cuaresma en el Vaticano, Mons. Erik Varden reflexionó ante el Papa León XIV y la Curia Romana, reunida en la Capilla Paulina del Palacio Apostólico, sobre el profundo significado de las caídas sufridas en el camino personal de fe.El obispo noruego —encargado de predicar los Ejercicios Espirituales de esta Cuaresma desde el 22 al 27 de febrero—, reflexionó este miércoles sobre el versículo del Salmo 91:7; “Caerán mil a tu lado, diez mil a tu derecha; mas a ti no llegará”, a la luz de la interpretación de San Bernardo de Claraval.
Al inicio de su meditación, el monje trapense subraya que las caídas “pueden humillarnos” ante la arrogancia y la soberbia, “mostrando el poder salvador de Dios” y convirtiéndose en “hitos en un camino personal de salvación, para ser recordados con gratitud”.
Advirtió en este sentido que “no toda caída termina en exaltación”, ya que en ocasiones puede dejar “ruina a su paso” y arrastrar a muchos inocentes.
La peor crisis de la Iglesia: la corrupción eclesiástica
A continuación, Mons. Varden lamenta la “corrupción” que ha surgido en el seno de la Iglesia: “La peor crisis de la Iglesia no ha sido provocada por la oposición secular, sino por la corrupción eclesiástica. Las heridas infligidas tardarán en sanar. Reclaman justicia y lágrimas”.
En concreto, detiene su atención en la lacra de los abusos, la cual requiere buscar “una raíz enferma” y señales tempranas que fueron ignoradas, como fallos en el discernimiento o “un patrón original de desviación”. “A veces estos indicios existen y tenemos razón en culparnos por no haberlos detectado a tiempo. Sin embargo, no siempre los encontramos”, indicó.
Señaló que también es posible encontrar “signos de inspiración” e incluso “huellas de santidad” en comunidades que hoy están vinculadas al escándalo, por lo que no se puede presuponer que “hubiera hipocresía estructural desde el principio”.
Para identificar estos elementos que llevan a la corrupción, Mons. Varden recordó que la Iglesia posee instrumentos delicados y eficaces, sin olvidar que —tal y como señala San Bernardo—, los miembros de las Iglesia deben hacer frente a “feroces” ataques del enemigo.
La vida espiritual, el alma de nuestra existencia:
El monje reconoció la crudeza de la batalla espiritual a la que deben enfrentarse quienes conforman la Iglesia y subrayó que “el progreso en la vida espiritual requiere una configuración de nuestro yo físico y afectivo en sintonía con la maduración contemplativa”.
Para Mons. Varden, la integridad de “un maestro espiritual” será atestiguada por su conversación y sus hábitos cotidianos, como “su comportamiento en la mesa o en el bar” y su “libertad frente a la adulación de los demás”.
En este contexto, remarcó que “la vida espiritual no es un añadido al resto de la existencia”, sino que “es su alma”. Por ello, señaló que “debemos cuidarnos de todo dualismo, recordando siempre que el Verbo se hizo carne para que nuestra carne fuera impregnada del Logos”.
“Debemos aprender a estar igualmente en paz en nuestra naturaleza carnal y espiritual para que Cristo, nuestro Maestro, pueda gobernar serenamente en ambas”, concluyó.
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